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Historia

El niño de Medellín que quería entender cómo funcionaban las cosas (1998–2010)

Nací el 18 de noviembre de 1998 en Medellín. Desde muy pequeño me aburría si no tenía algo que crear o entender —necesitaba saber cómo funcionaban las cosas, no solo usarlas—. Mi familia se mudaba con cierta frecuencia y eso que de niño sentía como una incomodidad me entrenó sin que yo lo supiera: cambiar de colegio, hacer nuevos amigos cada vez, adaptarme rápido a cada lugar. A los 7 años llegó el primer computador a casa y la pantalla se convirtió en mi laboratorio. No me interesaba consumir juegos o programas: quería descifrar cómo estaban hechos. Me metí en YouTube, foros de programación y documentaciones para entender cómo se construían las páginas web; empecé a subir mis propios videos explicando lo que iba aprendiendo —básicamente hacía creación de contenido antes de que a eso se le llamase así—. En ese momento los que hacíamos eso nos reuníamos por Skype a charlar o quedábamos en algún centro comercial a comer un helado; nadie nos llamaba youtubers ni influencers, simplemente éramos gente a la que le gustaba compartir conocimiento en internet. Construí mis primeras páginas con WordPress y luego con HTML y PHP, y recuerdo con exactitud la sensación cuando vi la primera funcionar: ya no había límites para lo que podía crear. Esa sensación no se fue.

Virtual DJ, Fruity Loops y el millón de streams (2010–2016)

A los 10 u 11 años pedí una batería de navidad y la música lo tomó todo. Empecé con Virtual DJ mezclando para la familia, bajé Fruity Loops y produje mis primeros beats —ninguno vio la luz pública, pero eso no importaba—, y me la pasaba escuchando rock, baladas y electrónica para afinar el oído. Estudié producción musical y DJ en paralelo a la secundaria. La hice en la Institución Educativa Aures, en Robledo: un colegio moderno que tenía iMacs, cámaras cinematográficas y un proyecto audiovisual extraclase llamado AULAB, donde producíamos miniseries y contenido multimedia para internet. En mi último año fui director del proyecto y fue ahí donde entendí que gestionar equipos y proyectos se me daba bien —cuando casi todo depende de ti, aprendes a ser recursivo y autodidacta por necesidad—. Edición de video, imagen, sonorización audiovisual: lo que sé de todo eso viene de ahí. Fue también en el colegio, a través de un compañero de clase, donde conocí a Rubén Marín (Shennay) y Alexander Aguirre (Brauggen), mis mejores amigos hasta hoy. Con Shennay nos fuimos en serio con la música urbana: lanzamos canciones, superamos el millón de streams de forma orgánica, tocamos en discotecas y pueblos y llegamos a conocer de cerca los inicios de J Balvin, Feid, SOG, Kevin Roldán y sellos como Digital Records, Kapital Music o Golpe a Golpe. Vivíamos lo que sentíamos como el sueño. Pero la industria pasa factura cuando no sabes gestionarla: no registramos las canciones que nos pertenecían, no cobramos lo que debíamos y los malos contratos hicieron el resto. A veces el momento llega antes de que la preparación esté lista para gestionarlo —esa lección me marcó para siempre—. Brauggen, mientras tanto, era diferente: nos sentábamos a hablar de música durante horas, salíamos a jugar tenis, hacíamos mashups y sets en su casa con su primer controlador DJ. Siempre lo consideré mejor músico que yo —es demasiado creativo y obsesionado—. Con los años se metió también en marketing y fuimos colaborando en cada vez más proyectos.

Qué Código: de una sala de estar a la infraestructura de un banco de inversión (2015–2021)

A finales de 2015, a punto de graduarme, conocí a Edinson Tique en un grupo de programación latinoamericano en Facebook. Era casualidad pura: vivía a 15 minutos caminando de mi casa. Nos pusimos a hablar, empezamos a intercambiar conocimientos e ideas y a inicios de 2016 fundamos Qué Código. Tique era muuy bueno en programación; yo, en la parte creativa. Hacíamos buen equipo. Lo que empezó literalmente desde la sala de su casa terminó construyendo decenas de páginas y aplicaciones web para todo tipo de clientes. También construimos MindFY —una escuela online donde expertos impartían cursos—, nuestra primera apuesta por un producto propio. Participamos con RutaN en el ecosistema startup de Medellín, co-creamos espacios de escalamiento empresarial, ayudamos a impulsar la comunidad de WordPress Medellín y contribuimos a lo que hoy se conoce como Aburrá Valley, colaborando en la incubación de startups que hoy siguen operando como ePayco o HostingFácil. Fueron años de "peliar" con clientes por contenido y pagos, de aprender a hacer rentables negocios de terceros, de entender que detrás de cada proyecto hay un negocio real con todas sus implicaciones. El proyecto más grande llegó a inicios de 2020: construir toda la infraestructura tecnológica de un banco de inversión. Año y medio, 100% entregados solo a ese proyecto, atravesando el Covid en modo trabajo. En algunos momentos casi vivíamos juntos para poder cumplir con todo —fue uno de los períodos más intensos y también más formativos: no solo a nivel técnico sino por todo lo que aprendimos del sector financiero—. Al terminar ese proyecto decidimos hacer un pare: queríamos dejar de construir solo para terceros y empezar a crear algo propio de gran valor.

Loro Musical, el núcleo de Sleem y el camino hasta España (2022–presente)

Después del tiempo sabático —que sí necesitaba—, la música volvió a llamarme. Retomé la conversación con Shennay y estábamos planeando montar un sello independiente al que íbamos a llamar VIBRAS —hay un pacto entre nosotros de tatuarnos ese nombre: él ya lo tiene; yo sigo debiendo el mío— cuando me presentó a Andrés Morales, un artista de bachata de la ciudad. La colaboración entre ellos nunca se concretó, pero ese encuentro derivó en otra cosa: me asocié con Andrés y su esposa María para continuar la construcción de Loro Musical, una agregadora que habían iniciado meses atrás y que tenía muchas cosas por resolver. Como Director de Operaciones, lo primero fue conseguir que la distribución funcionase y que las regalías de los artistas llegaran bien —no había margen para pensar en crecer hasta que eso estuviese resuelto—. A medida que íbamos resolviendo problemas mejorábamos: llegamos a trabajar con nombres como Grupo Origen, José Mogollón, Grupo Climaxx o Leonardo Marín, y a tener participación en canciones de Bellakath, Dani Flow, Yeison Jiménez, Luis Alfonso y Pipe Bueno. Brauggen también se sumó al equipo y nos ayudó a mover bien los números. Aprendí muchísimo de ese tiempo —la industria desde adentro, los mecanismos reales de la distribución, lo que hay detrás de cada canción en Spotify—. Pero en paralelo a todo ese trabajo estaba diseñando un núcleo tecnológico y operativo al que llamé Sleem: todo lo que veía que le faltaba no solo a Loro sino a la industria entera, incluyendo lo que a mí me habría cambiado la vida cuando estábamos con Shennay. Separamos caminos con Loro a mediados de 2023; en agosto de ese año registré Sleem dentro de Sleem Ventures S.A.S. e iniciamos las primeras pruebas. En 2024 volví a trabajar con Loro para cerrar bien ese ciclo y a finales de año separamos definitivamente —en los negocios pueden estar las ganas, pero no siempre la química, y eso fue lo que pasó—. Me mudé estratégicamente a España para operar entre Europa y Latam, hablé con Brauggen durante semanas y le propuse asociarse en Sleem. Aceptó. Juntos trabajamos en solidificar el modelo, mejorar la tecnología y crecer el equipo con personas comprometidas con la misión. El lanzamiento oficial está fijado para mayo de 2026.

La misión que tengo clara desde que diseñé el primer núcleo de Sleem: transparencia, tecnología y humanidad para que los artistas independientes dejen de ser tratados como productos y construyan negocios rentables. Más que hacer artistas famosos, queremos hacer artistas que puedan vivir de su música. Y la música —como Cris DAM— sigue, porque nunca la abandoné: solo la transformé.