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Por qué dejé de buscar el hit para buscar la rentabilidad

Por Cristian Álvarez

Cuando superamos el millón de streams con Shennay, lo primero que sentí fue que habíamos llegado. Nuestras canciones sonaban en discotecas y en pueblos, la gente las cantaba, nos llamaban para eventos. Los artistas que conocíamos en Medellín —algunos que hoy son referencias del género— también estaban en sus inicios y algo se movía en el ambiente. Todo apuntaba hacia arriba. Y entonces llegó la realidad.

No registramos las canciones que nos pertenecían. No cobramos lo que debíamos. Firmamos lo que había que firmar sin entender bien qué firmábamos. El millón de streams existía. El dinero, no. Esa experiencia —que viví antes de los 20 años— me enseñó algo que no aparece en los tutoriales de producción: el talento no te protege si no sabes gestionar el negocio.

La fama como métrica de vanidad

Durante años vi cómo artistas perseguían el hit —esa canción que los volvería virales— creyendo que de ahí en adelante todo sería más fácil. A veces el hit llegaba. Pero si no había un sistema detrás —registros en orden, contratos claros, distribución transparente, un plan—, el hit solo generaba más caos. Más promesas que no se cumplían. Más dinero que no llegaba a quien lo había creado.

Si algo aprendí en años construyendo tecnología para negocios reales es que ningún negocio se sostiene con momentos de visibilidad: se sostiene con sistemas que funcionan todos los días. La música no es diferente.

Por qué la mayoría de los artistas no ven sus regalías

Cuando entré a trabajar en el lado de la distribución —como Director de Operaciones en Loro Musical— entendí la magnitud del problema desde dentro. No era solo que los artistas no supieran reclamar lo suyo: el sistema estaba lleno de distorsiones. Reportes que no cuadraban, pagos que llegaban tarde o mal calculados, fuentes de ingresos mezcladas sin ningún criterio. El artista no sabía qué esperar y, muchas veces, el distribuidor tampoco tenía la claridad suficiente.

Pasé meses viendo esto de cerca y entendí algo importante: no siempre era un problema de mala fe. Era un problema de sistemas malos. La industria musical maneja volúmenes enormes de datos con herramientas que no están a la altura. Y ese costo lo termina pagando el artista.

Lo que decidí hacer con esa información

Cuando fundé Sleem lo hice con una convicción clara: los artistas independientes necesitan las mismas herramientas que tienen los grandes sellos. Transparencia en tiempo real sobre sus ingresos, distribución que funciona bien desde el primer día, y un equipo que los trate como lo que son —negocios con potencial, no catálogos que administrar—.

No se trata de hacer famosos. Se trata de hacer rentables. Un artista que puede vivir de su música puede seguir creando; uno que depende de la viralidad para sobrevivir no tiene futuro estable.

La pregunta que hay que hacerse

Mi camino de músico a CEO de una music tech no fue un abandono de la música —fue la decisión de protegerla desde un lugar donde pudiera hacer algo real—. Sigo haciendo música como Cris DAM porque no puedo evitarlo. Pero hoy trabajo para que lo que viví a los 19 años no le tenga que pasar a nadie más.

Si eres artista o manejas un sello: ¿estás construyendo un sistema que funciona cuando el momento llega, o solo esperas que el momento te lo resuelva todo?